Una fantasía postapocalíptica de esperanza insólita.

Un día, el ojo del apocalipsis apareció en el cielo y el mundo acabó en tres parpadeos. Ahora la tierra está cubierta de eidolos, seres inmortales que no descansan hasta conseguir lo que quieren, mientras que la humanidad es relegada a pequeños parches de realidad estable en medio de este nuevo y desconocido mundo.Un siglo y medio después de que el polvo se asentara, un profesor, quien es también un eidólogo, se embarca en la insólita misión de aprender más de estos misteriosos seres. Su suerte da un brinco inesperado cuando en medio del desconocido, encuentra (o es encontrado por) un eidolo en forma de ángel, quien le ofrece su ayuda a cambio de una promesa: Que encuentre la forma de matarlo.

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Prólogo

Todos estuvieron convencidos de que el mundo iba a acabarse.
Y lo hizo, tres veces.
Primero con un estruendo.
Después con un silencio.
Y finalmente, con aceptación.
Y entre las ruinas surgió el nuevo mundo.

Capítulo 1: Te veo

En los límites del mundo conocido caminó un hombre. Era un eidólogo, el cual también era un profesor. En lugar de quedarse en la seguridad de su hogar, salió a lo desconocido para hacer lo que un eidólogo hace: poner su vida en peligro en búsqueda de eidolos. Pero ese día era distinto. Amaneció con un pensamiento que había llegado a su cabeza muchas veces, pero que solo hoy se había decidido en realizar.Escuchó el aleteo de las aves levantándose por encima de él y elevó su mano, observando la luna anillada justo detrás de ellas. Era siempre sorprendente poder verla, aun con el sol en el cielo. En el desconocido, el cielo siempre tenía un tono misterioso, los cálidos naranjas se reflejaban en la vegetación espinosa y en la sombra que su cuerpo sin rumbo plantaba en el suelo. Caminando entre la vegetación, observó la dentadura de algunas de las flores que crecían en el camino y sintió los saltos de pequeños insectos que le acompañaban entre las subidas y bajadas del pedregoso camino que seguía. A la lejanía, dentro del inhóspito desconocido, podía ver uno de los cuatro cerros muertos; figuras topográficas que asemejaban los restos de gigantes. El profesor podía observarlos respirar, la nariz del gigante enterrado inhalando y exhalando. Sonreía alegremente ante esta visión.Su corazón latía con fuerza caminando por ese lugar. El profesor sacó su libreta y anotó cada punto de interés que recolectaba al momento de explorar más allá de la frontera de Saltote.El antiguo pueblo de Saltote. Tras ciento cincuenta años del parpadeo, sobrevivió innumerables pruebas y ahora era un oasis de armonía entre el mar de horrores donde ahora el mundo estaba sumergido. Armonía que el profesor abandonó al emprender su viaje. Las cristalinas aguas de los ríos benditos que corrían por el pueblo y el fresco aroma de las verduras en el mercado por las tardes, aroma con el que se cruzó al momento de emprender su viaje. Extrañaba estas fragancias por un momento al recordar que en su mochila solo llevaba conservas y agua.Pero era más practico viajar con lo mínimo para sobrevivir dos noches, tres si era necesario. Se acomodó el saco al momento de guardar su libreta y entrecerró los ojos cubriéndose de una fortuita ráfaga de viento. Se arregló el oscuro cabello, del cual resaltaba un mechón blanco que le había acompañado desde su nacimiento hacía ya casi tres décadas. Se quitó los lentes por un momento para poder masajear sus ojos cansados. Había cierta duda en su mirada. Observó al cerro, y el cerro le devolvió la mirada. Pensó en el verdadero peligro que presentaba esa decisión y como aumentaba con el tiempo.El crepúsculo no tardaría en llegar, el desconocido empezaría a oscurecer. Él más que nadie sabía el peligro que esto implicaba, aun con su preparación.El profesor puso una mano sobre su pecho, tocó el bolo oscuro debajo de su cuello y respiró profundamente antes de seguir avanzando. Caminó con seguridad entre las crecientes sombras, observando a su alrededor, en busca de miradas a la distancia, o extremidades creciendo desde la tierra. Tan expectante estuvo de encontrarse con algo, que su atención no le hizo darse cuenta de lo que se encontraba delante de él. Una cornisa.Su pie no halló más suelo que pisar y el cuerpo del profesor empezó a caer por una empinada ladera repleta de espinosos arbustos secos. Espinas que rasparon su rostro y sus brazos. Sintió las picaduras en sus piernas y en su espalda mientras caía hasta dar con suelo firme. El dolor se expandió por todo su cuerpo, pero su corazón siguió latiendo. Mientras lo hiciera, él estaría bien. Salió de los matorrales espinosos que dolorosamente amortiguaron su descenso. Sus lentes sobrevivieron la caída, pero como el resto de sus pertenencias, se encontraban en el suelo. Eran solo visibles por una tenue luz que apenas llegaba a alumbrar la depresión.Al ponerse los lentes, sus ojos se expandieron observando el lugar en el que cayó. Un enorme árbol de huizache en el centro de lo que parecía ser un cráter rodeado de estos matorrales espinosos. Su sombra oscurecía su alrededor, pero las flores amarillas lo iluminaban al caer lentamente. Se sintió en la presencia de un pequeño santuario. El lugar donde podría descansar en paz.Se acercó al huizache y se recostó en el tronco cruzando sus piernas y cerrando los ojos. Dejando que el dolor y el miedo pasaran por su mente, dejando que la llama de su corazón se alimentara de cada pequeño y hermoso pedazo de existencia que le rodeaba, manteniéndole vivo y a salvo en este oscuro lugar.Al poco tiempo pudo sentir un tenue aroma. Un bello olor a vainilla, seguido de un fuerte estruendo, el crujir de cientos de ramas secas. Abrió los ojos. Pudo ver un camino entre los matorrales, una forma de salir. Pero esto era opacado por la visión del ser que creó dicho camino y se encontraba frente a él, observándole.Era un eidolo.El profesor sintió que sus ojos se derretirían si se atrevía a posar su mirada mucho tiempo en su figura. Era muy similar a un humano, su cabello rubio cobrizo caía suavemente sobre sus hombros, con flecos elevándose con alegría. El resplandor en su cabello brillaba opacamente por la luz que provenía del halo sobre él. Su clara piel lucía cálida y viva. El dorso de su nariz parecía enmarcar sus ojos.Sus ojos. Sus ojos. Entre más se acercaba, más claro podía verlos. Profundos y oscuros ojos almendrados. La oscuridad que provenía de ellos le hizo sentir un terror primitivo, como si supiera que un día todo el mundo sería consumido por ellos. Y encontró esto cautivador.Su noble rostro le hizo sentir como un animal salvaje en comparación. El rostro del eidolo parecía un busto andrógino, esculpido para capturar una dulce juventud y una madura sabiduría. Poseía una vestimenta simple, una blanca y prístina camisa que contrastaba con la corbata colgando como una soga suelta bajo su cuello y un par de tirantes de un color tan profundo como el de sus botas.Esta visión era demasiado resplandeciente para él, sintió como si sus pulmones estuvieran a punto de abandonar su cuerpo y junto a su mente fueran a explotar en cualquier momento. Lo vio acercarse más y pudo apreciarlo en su totalidad. Desde su espalda se extendía un par de alas, imposiblemente blancas, terroríficamente bellas.Eso era.
Era horrorosamente hermoso.
Mientras el profesor se encontraba sentado, el eidolo le vio con una expresión en blanco. Se agachó y le observo fijamente. Los ojos del profesor parecían brillar, resaltando el color ámbar de sus pupilas. Mas allá de este detalle, lucía como cualquier otro humano para este ser. El eidolo elevó su mano, con el dedo índice contra el pulgar y en un rápido movimiento, le dio un ligero golpe en la frente.—¡Auch! —exclamo el profesor, tocándose la cabeza —¿Por qué fue eso?
Escuchar al humano hablar hizo que el eidolo diera un paso hacia atrás, elevando sus cejas y respondiendo.
—¿Puedes verme? —la voz del eidolo era suave, clara e inesperada.
Fue la primera vez que el profesor entendió las palabras de un eidolo.
—Claro que puedo verte. Y tú puedes hablar.
—Y tú puedes escucharme. —Dijo el eidolo, entrecerrando sus ojos —¿Qué eres?
Atónito frente a este descubrimiento, el profesor parpadeó sin decir nada.
—No hagas como si no me escucharas ahora. Respóndeme. —El eidolo frunció el ceño y acercó aún más su rostro.
—¡Ah! Disculpa. Mi nombre es…
—No, no —el eidolo puso una mano sobre la cabeza del profesor, interrumpiéndole—. No tu nombre, pregunté que eres.
—Un… ¿Humano?
El eidolo exhalo.
—Ya sé que eres un humano, zopenco. Me refiero a qué “haces”, cuál es tu “función” entre otros humanos.
—¡Oh! Soy un profesor —fue lo primero que llegó a su mente. Pero acomodó su saco y con dignidad dijo—. Y me he instruido ampliamente en la eidología, por lo que soy un eidólogo también.
—Un eidólogo… —Una nueva palabra cuyo significado no era difícil de descifrar. “Aquel que estudia seres como yo” pensó, ladeando su cabeza y tocando su propia mejilla con uno de sus dedos.
—Muy bien profesor eidólogo, levántate. —Comandó el eidolo. Las piernas del profesor se movieron incluso antes de que siquiera pudiera pensar en esto como una orden. Su cuerpo necesitaba hacerle caso a este ser. Se sacudió algunas de las espinas en el proceso. Aquel eidolo resultó ser más bajo que el, apenas le llegaba al hombro. Sorprendido por la rapidez de sus acciones.
—Que educado eres —sonrió—. Vete. Si te apuras ahora mismo, puede que nada te devore cuando llegue la noche.
El profesor dio dos pasos, viendo el camino entre las espinas frente a él. Parecían haber sido derribadas de un solo tajo por una onda expansiva.
—La abertura entre los matorrales la hiciste tú, ¿no? Es impresionante.
El eidolo cerró los ojos y levantó los hombros con una ligera risa.
—Tsk, eso no es nada. —Abrió un solo ojo. —Vete de una vez.
—Pero… no quiero irme. —Respondió el profesor.
Aun con la sonrisa en su rostro el eidolo le miró con incredulidad.
—¿Vienes a morir?
—¿Que? ¡No! ¡Para nada! —la pregunta le puso nervioso—. Esta es una prueba de voluntad para mí mismo. Tengo que hacerlo.
—¿Por qué?
Cuando caminó hacia el desconocido, en la mente del profesor había una docena de razones del por qué arriesgar su vida en ese lugar, pero en ese preciso momento, ninguna pareció una respuesta ideal.
—Hay varias razones. Es solo que…
El profesor alargó la “e” para darse tiempo, mientras acariciaba sus manos entre sí. Esto entretuvo al eidolo.
—¿Solo que “qué”? No eres así de tonto, ¿o sí? —una sonrisa sarcástica surgió en su rostro—. Sabes lo que estás haciendo, ¿no?
Con sus manos por detrás y agachando ligeramente su cabeza, el eidolo comenzó a caminar alrededor del profesor, intentando mirarle a los ojos, observando como él trataba de mantenerse firme ante su presencia.
—Viniste a perderte en el desierto, sin un lugar donde dormir.
—Tengo un saco de dormir y un pequeño fuego debería bastar para espantar a los animales. —Se intentó defender, volteando hacia el eidolo por un momento, e inmediatamente mirando hacia adelante otra vez, huyendo de su siniestra sonrisa.
—¿Y no necesitas comer? ¿tomar?
—Traje comida para dos días. Tres si la raciono bien.
—Cuanta honestidad. —Una ligera risa burlona se escapó del eidolo —Pero tu frágil cuerpo no está preparado para este lugar. —Dijo risueño, dándole la espalda —Principalmente porque estas solo, ningún humano sobrevive solo. Aun si eres un experto acampando la soledad llegará a ti y tendrás que volver antes de que empieces a olvidar qué eres. Ese es el peligro de estar aquí. Solo. —Su rostro volteó hacia él profesor ligeramente —Pero esto ya lo sabes tu. ¿no?
—Lo sé. —Respondió el profesor.
El eidolo dio un pequeño salto, flotando por encima del humano, quien no podía ocultar el asombro en sus ojos.
—Eso y los eidolos, claro. No creo que sepas todo lo que te puedes encontrar. —Afirmó aquel ser flotante —¿Has visto antes algo como yo? ¿Escuchado antes de mi existencia?
Respecto a los eidolos, era una gran cantidad de libros los que el profesor había leídos y una larga cantidad historias las que había escuchado sobre estos asombrosos seres. Pero el que se encontraba enfrente de él no cuadraba con nada antes visto en sus estudios, la imagen más cercana dentro de su mente fue la de…
—Un ángel. —Dijo. —Eres como un ángel.
—Si. Pensé que dirías eso.
—Pero no lo eres. —Afirmo el profesor.
—No. Yo diría que no. Soy solo un eidolo que luce como uno, y como tal, es normal sentir miedo ante mí. —Desde el aire, el eidolo le tomó de su camisa —Dime, profesor eidólogo, ¿sientes el miedo invadir tu corazón?
Aquel órgano palpitaba con fuerza dentro del profesor, pero fue totalmente sincero cuando respondió.
—No. No te temo.
—¿Por qué no? —el eidolo acarició el cabello del profesor — El miedo que tienen los de tu especie a los eidolos no es injustificado —con un suave movimiento de su mano, levantó su cabeza —, miles de años de evolución, y solo una cosa les ha mantenido vivos hasta ahora. —Y dándole unas ligeras palmadas en la mejilla musitó —Quedarse. En sus. Cuevas.
El profesor volteó su rostro, soltándose de sus suaves garras. Su cuerpo temblaba al ritmo de su corazón, sentía el calor en su rostro. Pero calmar sus emociones era una habilidad que había practicado por años. Encaró devuelta al eidolo, enfrentando su juicio con un rostro firme.
—Como eidólogo, estoy consciente del peligro de mi profesión. Es algo que he elegido.
—Oh, que valiente y honorable. —El eidolo le sonrió con un tono sarcástico, soltando su camisa —Entonces estas consciente de que, si no te encuentras muerto ahora mismo, es porque no quiero que estés muerto ¿verdad?
—Lo se. —Respondió el profesor, y el eidolo tomó su mano.
—Podría incluso —levantó un dedo de la mano del profesor —, comerte ahora mismo si quiera.
Mientras era sostenido por esas suaves zarpas, su dedo empezó a entrar en la boca abierta de este ser. En un golpe de instinto, el profesor cerró los dedos, justo antes de que el eidolo cerrara la boca con una mordida. Escuchó su risita burlona al hacer esto.
—Bien, aun tienes tu instinto de supervivencia activo, no estas completamente perdido.
—Se que los eidolos no necesitan comer. A pesar de esto, tus dientes siguen siendo tan reales como los míos —y si un eidolo estaba a punto de morderle, entonces serias mordido. Ningún nivel de confianza borra esta realidad.
El eidolo descendió frente a él.
—Tienes suerte de que soy muy selectivo. No valdría la pena comerme a alguien como tú. Tienes los ojos de un infante que apenas ha descubierto que el mundo se expande más allá de su patio. A pesar de salir solo al desconocido, no posees ningún arma y en lugar de huir despavorido de un eidolo, estas aquí hablándome como si pudieras confiar en lo que estoy diciendo.
—¿Por qué no confiaría en ti? —respondió el profesor con sinceridad.
—¿Cómo puedes preguntar eso? —La sonrisa en el rostro del eidolo desapareció en un momento, arrugando su nariz en molestia. —Eres un pésimo ser humano —dijo—. No haces lo que un humano hace. Eres más como un perro. Y me daría lastima matarte o verte morir. Así que lo diré solo una vez más. Vete. No tienes nada que hacer aquí
El profesor no le pudo ignorar más. De una u otra forma, cualquier razón que hubiera tenido para venir e intentar martirizarse dentro del desconocido no sonaba más que como una tontería ahora mismo. El eidolo tenía razón. Debía salir de ahí, regresar a su hogar, tomar un baño y seguir con su vida.
—Lo haré —respondió el profesor.
El eidolo solo asintió de regreso.
Caminando hacia los matorrales espinosos, el profesor estuvo dispuesto a irse. Pero antes de hacerlo, se dio la vuelta para observar al eidolo una vez más. Sintió como si sus párpados ardieran por dentro y su pecho se fundiera en un líquido ardiente. Tenía aun una pregunta dentro de él.
—¿Como te llamas?
—¿Disculpa?
—Pregunté como te llamas.
—¿Por qué quieres saber eso?
—Siempre me pregunté si los eidolos tenían nombres, y si los tenían, cuáles eran. Nunca creí que podría hablar con uno, pero ahora que puedo hacerlo ¿Cuál es tu nombre?
—Los eidolos no usamos nombres.
—Oh, ya veo —la decepción en su voz era clara —, tiene sentido.
—Pero veras, yo soy un pésimo eidolo.
—Así que recuérdame como Hesse.
—Prometo hacerlo. —Dijo el profesor, y se retiró.

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